jueves, 10 de junio de 2010

LA BIBLIOTECA (Cuento narrado el 8 de junio)



La Biblioteca

Graciela Beatriz Cabal



Lo digo sin falsas modestias: yo fui siempre la mejor en eso de leer a viva voz.
Y leer a viva voz no era moco de pavo: había que levantar la mirada unas tres o cuatro palabras antes del punto final. Y contar (mentalmente, sin mover los labios, porque si no, no valía): uno, en cada coma; uno, dos, en cada punto y coma; uno, dos, tres en cada punto seguido; uno, dos, tres, cuatro, en cada punto y aparte. (Siempre me pareció una exageración la pausa después del punto y aparte, pero lo decía la maestra, así que...)
Y ahí no acababa la cosa: había que distinguir la b labial de la v labiodental (¿por qué labiodental no va con v labiodental sino con b labial? Misterio), y la ce de la ese y de la zeta, y la ge de la jota. Y aspirar la hache. Y acompañar cada acento con un movimiento seco de la cabeza.

-Cabal, al frente- me decía la señorita.
Entonces yo pasaba y leía perfecto. Y todas las niñas seguían la lectura en sus libros. Pero no con el dedo (a partir de primero superior, el dedo estaba terminantemente prohibido), sino con la vista.
-¡Aaaaalto!- gritaba de repente la señorita-. Siga usted –decía señalando a alguna niña papamoscas.
-Ehhhhh... Mmmmmm... –se desesperaba la papamoscas sudando sangre.
-¡A la Biblioteca! –le decía la Señorita mostrándole la puerta con el brazo extendido. Y después, dulcificando la voz, se dirigía a mi-. Continúe, Cabal.
¡Una habilidad tenia la Señorita para detectar papamoscas!
¡Yo no se como hacia Porque ellas, las papamoscas, aparentaban estar de lo mas interesadas en sus libros...
La cuestión es que , al final de la lectura, había tres o cuatro papamoscas en la Biblioteca.

La Biblioteca de mi escuela, conviene aclararlo, era un lugar mas bien oscuro (oscuro, bah), donde se guardaba el esqueleto, además de libros, claro. Pero no confundir: las niñas que iban a la Biblioteca no estaban castigadas (mi Señorita era enemiga de todo tipo de violencia moral o física)

Las niñas papamoscas, digo, iban a la Biblioteca a me-di-tar, cosa hasta divertida cuando había dos o tres papamoscas, pero mas bien inquietante cuando había una sola.

¡La Biblioteca de mi escuela! Con sus libros forraditos de azul araña y etiquetita cuadrada –bien altos para que no se arruinaran con el manoseo-, y su esqueleto –que un varón de la tarde había bautizado con un nombre irreproducible-. Y sus ventanas siempre cerradas, porque, ya se sabe: el sol decolora los libros y el polvo los destruye por completo.

La verdad, para leer mucho no se usaba la Biblioteca (muy a las perdidas, algún maestro, tratando de conseguir un dato)
Pero ahí estaba: LA BIBLIOTECA.

Claro que eran otras épocas.
Y los chicos de antes éramos distintos, yo que se: menos complicados, sin tanta vuelta. Y siempre obedecíamos a nuestros padres y a nuestros maestros. Porque ¿quién mejor que ellos para saber lo que era bueno y lo que era malo para nosotros?
Y un cachetazo no se le negaba a nadie.
Y todos con nuestras amígdalas bien extirpadas, sin anestesia, ni que decir, que los chicos de antes sufríamos menos y nos olvidábamos enseguida.
Y todos con nuestros sabañones en los dedos y en las orejas (que que se habrán hecho los sabañones, me pregunto)




Y las nenas de rosa, con las orejitas agujereadas, cosa de no convertirnos en machonas.
¿Y que? ¿No salimos Muy Bien? Sin tanto sicólogo, ni sicopedagogo... Sin tanta cosa rara.
Unas buenas inyecciones de hígado, mucho jugo de carne, unas ventosas si teníamos bronquitis, purga y enema semanales para estar bien limpitos por dentro, la antidiftérica en la mitad de la espalda, y sanseacabó.
De noche, a dormir a pata suelta, por mas ruidos extraños que vinieran de la cama grande. O taparse la cabeza con la almohada y recitar jaculatorias o fábulas o cosas de esas.

Claro que no todo eran rosas. Y siempre había alguna oveja negra, alguna manzana podrida que había que separar para que el resto no se contaminara.

Si. Eran otras épocas. Y como me di cuenta la vez pasada, cuando se me ocurrió ir de visita a mi escuela.
Esta linda mi escuela, con el mismo cuadro de los sembradores justito arriba de la puerta de la Biblioteca.
Y la Biblioteca... Tantas ganas tenia de entrar, que entre, me di el gusto.
¡Ay!
Lo único que se conserva es el esqueleto –pero un esqueleto que ya no mete miedo, por lo destartalado- y algunos libros de mi época, forraditos de azul araña y con su etiquetita cuadrada, allá, en los estantes altos.
Por lo demás, las ventanas abiertas de par en par, con el sol meciéndose por los rincones, decolorando todo; una muchacha de anteojos redondos que parecía una alumna y resulto la bibliotecaria; un montón de libros de cuentos, desparramados por la mesa de cualquier manera, sin forro, descuajeringados.
Ahí estaba yo, alelada, sosteniéndome el corazón con la mano, cuando una turba de chicos muertos de risa entro por la puerta y, sin saludar ni nada, se abalanzaron sobre los libros y después se tiraron sobre unos almohadones y hasta en el suelo, y se pusieron a leer... ¡O a hacer que leían! Porque algunos, lo puedo jurar, solo miraban las figuritas y otros iban de atrás para adelante, o se salteaban. ¡O mojaban el dedo, para dar vuelta las paginas!

Entonces yo, que todavía conservo el libro que me regalo mi Señorita de segundo, me acorde de ella. Y también de la que cazaba las papamoscas y que a mi nunca me retaba porque yo leía perfecto...
De todas me acorde.
Y también me acorde de mi, de la nena que fui y que de alguna manera todavía soy, y entonces me agarro una cosa tan...que se yo, que me acerque a la Bibliotecaria de los anteojos redondos y le dije:
Señorita, por favor. ¿me podría quedar un ratito aquí en la Biblioteca?

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