martes, 22 de junio de 2010

"Miedo" (Graciela Beatríz Cabal


Miedo


Graciela Beatríz Cabal

Había una vez un chico que tenía miedo.
Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes.
Mucho miedo tenía ese chico.
Entonces, la mamá lo Ilevó aI doctor.
Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:
-iBasta de andar teniendo miedo, vos!- le dijo -. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!
Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:
-¡ La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!
El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas.
Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.
Mucho miedo seguía teniendo ese chico.
Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.
Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá.
Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama.
Blanco y negro era el perro. Con manchitas.
Muy flaco y muy sucio estaba el perro.
Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.
La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue.
Y el chico volvió al banco.
Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.
-No es de nadie- dijo el chico -.¿lo Ilevamos?
-No- dijo la mamá.
-Sí- dijo el chico -. Lo Ilevamos.
En la casa la mamá lo bañó al perro.
Pero el perro tenía hambre.
El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía.
Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha hambre tenía ese perro.
Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas.
Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir.
Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.
Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo.
Tiene perro.











"Ayer soñé que me moría"



“Ayer soñé que me moría”


Fragmento del prólogo de “Doce cuentos peregrinos”


Gabriel García Márquez






Soñé que asistía a mi propio entierro, de pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un animo de fiesta.

Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo mas que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos, los mas antiguos, los mas queridos, los que no veía desde hacia mas tiempo.

Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intente acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mi se había acabado la fiesta. –“Eres el único que no puede irse”-, me dijo.

Solo entonces comprendí que morir es no estar nunca mas con los amigos.

"Como nació la risa"


Cómo nació la risa

Liliana Bodoc

. Esto ocurrió cuando los Mombres eran lo que eran, sin sandalias, sin ropa y sin ornamentos.
. Esto pasó cuando las únicas casas eran cuevas y las únicas tumbas eran los grandes hormigueros.

. ¡Ay de los Mombres, en ese entonces!

. Un grupo de ellos así estaba, tiritando y sin rumbo. Sin saber hacia dónde caminar, rodeados de animales feroces y de alimañas.

. ¡Ay de los Mombres, en ese entonces!

. Fue entonces que aparecieron otros seres, parecidos a ellos, aunque no idénticos.
. Porque tenían dos ojos en el rostro, pero también otros dos ojos, alzados y tersos, en el pecho.
. Y tenían una boca debajo de la nariz, pero también otra entre las piernas.
. Porque pronunciaban sonidos. Pero mucho más dulces. Y dijeron que se llamaban Meres
. Los Mombres las miraron y supieron que, hasta ese día, habían sido solamente una mitad. Por eso tiritaban y tenían miedo.
. Las Meres pensaron igual, y se acercaron.
. Extendieron las manos, las voces, las piernas, hamacaron sus cuerpos.
. Mombres y Meres... Meres y Mombres...
. Un rato después, un nuevo sonido estremeció la tierra. Un sonido que a todos les pareció bello.
. Los Mombres reían, y reían las Meres.
. El mundo copulaba, muerto de amor, muerto de risa.

jueves, 10 de junio de 2010

sábado 12 de junio: "Musitando palabras de amor"


Musitando palabras de amor
Marita von Saltzen y Raúl Cuevas
Sábado 12 de junio a las 20.00 horas
Fusión Bar, Florida 328 . C.A.B.A.
Entrada libre


http://www.fusionbar.com.ar/

LA BIBLIOTECA (Cuento narrado el 8 de junio)



La Biblioteca

Graciela Beatriz Cabal



Lo digo sin falsas modestias: yo fui siempre la mejor en eso de leer a viva voz.
Y leer a viva voz no era moco de pavo: había que levantar la mirada unas tres o cuatro palabras antes del punto final. Y contar (mentalmente, sin mover los labios, porque si no, no valía): uno, en cada coma; uno, dos, en cada punto y coma; uno, dos, tres en cada punto seguido; uno, dos, tres, cuatro, en cada punto y aparte. (Siempre me pareció una exageración la pausa después del punto y aparte, pero lo decía la maestra, así que...)
Y ahí no acababa la cosa: había que distinguir la b labial de la v labiodental (¿por qué labiodental no va con v labiodental sino con b labial? Misterio), y la ce de la ese y de la zeta, y la ge de la jota. Y aspirar la hache. Y acompañar cada acento con un movimiento seco de la cabeza.

-Cabal, al frente- me decía la señorita.
Entonces yo pasaba y leía perfecto. Y todas las niñas seguían la lectura en sus libros. Pero no con el dedo (a partir de primero superior, el dedo estaba terminantemente prohibido), sino con la vista.
-¡Aaaaalto!- gritaba de repente la señorita-. Siga usted –decía señalando a alguna niña papamoscas.
-Ehhhhh... Mmmmmm... –se desesperaba la papamoscas sudando sangre.
-¡A la Biblioteca! –le decía la Señorita mostrándole la puerta con el brazo extendido. Y después, dulcificando la voz, se dirigía a mi-. Continúe, Cabal.
¡Una habilidad tenia la Señorita para detectar papamoscas!
¡Yo no se como hacia Porque ellas, las papamoscas, aparentaban estar de lo mas interesadas en sus libros...
La cuestión es que , al final de la lectura, había tres o cuatro papamoscas en la Biblioteca.

La Biblioteca de mi escuela, conviene aclararlo, era un lugar mas bien oscuro (oscuro, bah), donde se guardaba el esqueleto, además de libros, claro. Pero no confundir: las niñas que iban a la Biblioteca no estaban castigadas (mi Señorita era enemiga de todo tipo de violencia moral o física)

Las niñas papamoscas, digo, iban a la Biblioteca a me-di-tar, cosa hasta divertida cuando había dos o tres papamoscas, pero mas bien inquietante cuando había una sola.

¡La Biblioteca de mi escuela! Con sus libros forraditos de azul araña y etiquetita cuadrada –bien altos para que no se arruinaran con el manoseo-, y su esqueleto –que un varón de la tarde había bautizado con un nombre irreproducible-. Y sus ventanas siempre cerradas, porque, ya se sabe: el sol decolora los libros y el polvo los destruye por completo.

La verdad, para leer mucho no se usaba la Biblioteca (muy a las perdidas, algún maestro, tratando de conseguir un dato)
Pero ahí estaba: LA BIBLIOTECA.

Claro que eran otras épocas.
Y los chicos de antes éramos distintos, yo que se: menos complicados, sin tanta vuelta. Y siempre obedecíamos a nuestros padres y a nuestros maestros. Porque ¿quién mejor que ellos para saber lo que era bueno y lo que era malo para nosotros?
Y un cachetazo no se le negaba a nadie.
Y todos con nuestras amígdalas bien extirpadas, sin anestesia, ni que decir, que los chicos de antes sufríamos menos y nos olvidábamos enseguida.
Y todos con nuestros sabañones en los dedos y en las orejas (que que se habrán hecho los sabañones, me pregunto)




Y las nenas de rosa, con las orejitas agujereadas, cosa de no convertirnos en machonas.
¿Y que? ¿No salimos Muy Bien? Sin tanto sicólogo, ni sicopedagogo... Sin tanta cosa rara.
Unas buenas inyecciones de hígado, mucho jugo de carne, unas ventosas si teníamos bronquitis, purga y enema semanales para estar bien limpitos por dentro, la antidiftérica en la mitad de la espalda, y sanseacabó.
De noche, a dormir a pata suelta, por mas ruidos extraños que vinieran de la cama grande. O taparse la cabeza con la almohada y recitar jaculatorias o fábulas o cosas de esas.

Claro que no todo eran rosas. Y siempre había alguna oveja negra, alguna manzana podrida que había que separar para que el resto no se contaminara.

Si. Eran otras épocas. Y como me di cuenta la vez pasada, cuando se me ocurrió ir de visita a mi escuela.
Esta linda mi escuela, con el mismo cuadro de los sembradores justito arriba de la puerta de la Biblioteca.
Y la Biblioteca... Tantas ganas tenia de entrar, que entre, me di el gusto.
¡Ay!
Lo único que se conserva es el esqueleto –pero un esqueleto que ya no mete miedo, por lo destartalado- y algunos libros de mi época, forraditos de azul araña y con su etiquetita cuadrada, allá, en los estantes altos.
Por lo demás, las ventanas abiertas de par en par, con el sol meciéndose por los rincones, decolorando todo; una muchacha de anteojos redondos que parecía una alumna y resulto la bibliotecaria; un montón de libros de cuentos, desparramados por la mesa de cualquier manera, sin forro, descuajeringados.
Ahí estaba yo, alelada, sosteniéndome el corazón con la mano, cuando una turba de chicos muertos de risa entro por la puerta y, sin saludar ni nada, se abalanzaron sobre los libros y después se tiraron sobre unos almohadones y hasta en el suelo, y se pusieron a leer... ¡O a hacer que leían! Porque algunos, lo puedo jurar, solo miraban las figuritas y otros iban de atrás para adelante, o se salteaban. ¡O mojaban el dedo, para dar vuelta las paginas!

Entonces yo, que todavía conservo el libro que me regalo mi Señorita de segundo, me acorde de ella. Y también de la que cazaba las papamoscas y que a mi nunca me retaba porque yo leía perfecto...
De todas me acorde.
Y también me acorde de mi, de la nena que fui y que de alguna manera todavía soy, y entonces me agarro una cosa tan...que se yo, que me acerque a la Bibliotecaria de los anteojos redondos y le dije:
Señorita, por favor. ¿me podría quedar un ratito aquí en la Biblioteca?

EL AUTO (cuento narrado el 1 de junio)


El auto

Julio César Castro

El que supo comprar auto fue Saltarín Bostezo.
Mejor dicho, lo compró la mujer, porque el no tenía visto auto ni en foto.
Una mañana se levantó y le dijo:
- Anoche soñé con auto y que salíamos a pasear en auto, así que tenemos que comprar
auto . ¿Me oíste che?

Sin decir palabra Saltarín Bostezo, agarró una madera, un tarro de pintura, un pincel y puso “ Se compra auto de cualquier marca y pelaje, tocar timbre”
En el rancho no había timbre, pero el puso tocar timbre pa que la gente buscando el timbre no lo molestara queriendole vender un auto. .
Pero un abombao de los que nunca faltan dentró al rancho, a preguntar donde quedaba el timbre, se encontró con la mujer...y le dijo que tenía a auto pa vender.
- ¿Cuantas puertas tiene?
- Cuatro.
- No me sirve, yo preciso nada más que dos, Una pa subir, otra pa bajar.
- Pero doña, las otras dos van de yapa. Las pone en el chiquero de los chanchos, no se le escapa ninguno, los chanchos no salen por puerta de auto.

Así fue como Saltarín Bostezo se hizo dueño de un auto.
Cuando llegó al rancho le preguntó a su mujer.
-¿Y eso que está ahí en la puerta que es chei ?
- Auto, ¿no ves la ruedas? Ahora somos gente de auto, así que fijate bien a quien saludás porque con auto no se puede estar saludando a cualquiera. Me oiste che?
El se quedó mirando el auto, nunca había visto uno. .

Todas las mañanas se levantaba y lo miraba.
De pronto se le ocurrió, fue a la cocina, agarró el mate, la pava, la yerba, la bombilla, y se sentó en el auto. (mostrar como toma mate)
Pero extrañaba el picoteo de los pollos en las patas. No era como estar en el patio, bajo el ciprés.
Empezó a jugar con los botones, los pedales, la palanca, las llaves, hasta que de pronto el auto sale como chijeta por los campos, atropellando vacas, avestruces, bichos de luz, bichos colorados.
Le pasó tan ligerito a una lechera que ni la vaca tuvo tiempo de darse cuenta de que se trataba, “Me habrá parecido” pensó y siguió pastando.
Pasó entre dos toros tan justito que si el auto tiene una mano más de pintura se lo rayan las guampas.
Ahhh. al agarrar la zona del campo arado, como rebotaba! cabeza en techo, culo en asiento, cabeza en techo, culo en asiento.
De pronto se acordó de que tenía tres pedales y apretó el más chiquitito, ahh, ya no veía ni los campos.

Mientras tanto en el boliche El Resorte estaba el tape Olmedo, en una mesa al lado de la ventana tomando unos vinos, cuando dijo.
- Allá viene algo, es un auto, y Saltarín Bostezo,
- no sería nada si vinieran separados pero Saltarín viene dentro del auto.
Viene derechiiito para el boliche, como si hubiera tomado puntería.

Rosadito Verdoso, sin saber que hacer, corría de un lau pa el otro. Un grupo de parroquianos, que no iban nunca, creyeron que era costumbre de la casa, y empezaron a correr también entre las mesas.
Alguien dijo, - Hay que tomar alguna medida, y tomaron la medida de la puerta.
El tape Olmedo dijo: Por acá no dentraría si vendría despacito, pero a la velocida que viene...no se.
- No es que quiera meterle miedo a naides, pero yo me voy.
Salió afuera, y vio el auto que venía haciendo eses, enseguida dentró,
- No es que quiera meterle miedo a naides, pero afuera la cosa está pior.

Rosadito Verdoso dijo que lo mejor era salir y reventarle unos higos en el radiador.
El pardo Santiago dijo que mucho mejor era tirarle tachuelas por delante, cosa que pinchara.
La Duvija dijo que lo mejor era levantar una paré de ladrillo a la vista, pero no prosperó.
Tatequieto Sordina estaba diciendo que era la última vez que paraba en ese boliche cuando se escuchó un ruido enorme, Splashhh (Todos se tapan los ojos y agachan la cabeza.) miraron hacia ajuera y vieron el Ombú, y arriba colgadito, Saltarín Bostezo... y el auto también.

martes, 1 de junio de 2010

Cuentos en los tiempos de Facebook


Cuentos en los tiempos de Facebook

Raúl Cuevas, Juan Sasiaín y Juan Jafella
Sábado 5 de junio a las 20.00 hs.
Fusión Bar. Florida 328. Subsuelo. Entrada libre